Dado que era la hora del almuerzo y el precio real por persona superaba los 500 RMB (sin contar la tarifa de reserva incluida en Klook), los ingredientes utilizados en los platos eran normales (por ejemplo, el tazón contenía albóndigas de pato). Lo que más me gustó de esta visita fue la chica que nos atendió: era vivaz, alegre y un poco tímida. Cuando no entendíamos algo, usaba activamente el traductor de su teléfono para buscar y explicar. Sus manos estaban rojas por el frío de haber estado en contacto con agua fría, pero mantuvo una postura y etiqueta impecables frente a los clientes en todo momento. De verdad, es raro encontrar una chica tan encantadora en el continente; ¡solo por ella volvería la próxima vez! Para los turistas que quieran probar el kaiseki, sugiero ir al mediodía: primero, por la noche es mucho más caro y es posible que se encuentren con clientes ruidosos que han bebido demasiado; segundo, cenar mucho por la noche puede ser indigesto; y tercero, por la noche está oscuro y no se pueden apreciar bien los jardines. Detrás de la casa de té está el río Kamo, cuyo murmullo es muy agradable. Al terminar la comida, la anfitriona nos esperó en el porche, nos acompañó hasta la puerta y, bajo el frío viento, esperó hasta que subimos al autobús para despedirnos con una reverencia. Esta dedicación hacia cada mesa de clientes es realmente un reflejo de por qué el kaiseki japonés merece ser experimentado.